La victoria no necesitaba ser histórica
España ganó su segunda Copa del Mundo y la prensa respondió con una guerra de superlativos. El problema no es el entusiasmo: es que el elogio inflado rebaja la victoria que intenta celebrar.
El Reportero · 6 oct

España venció 1-0 a Argentina en la prórroga y conquistó su segunda Copa del Mundo. Fue un partido de resistencia, cerrado durante los noventa minutos, resuelto por Ferran Torres al minuto 106 después de la expulsión de Enzo Fernández. Ese es el hecho. Lo que la conversación mediática dejó de aquella noche, en cambio, fue otra cosa: una competencia de adjetivos.
La prensa española compitió en hipérboles. Se habló de la mejor selección del siglo XXI y de reyes de todos los tiempos. Nada de eso describe un triunfo ajustado, decidido en el alargue y con un hombre más. El problema no es celebrar; es que el idioma de los superlativos no celebra, sino que infla hasta vaciar. Si todo es histórico, nada lo es.
Lo más valioso de aquella cobertura no estuvo en la euforia. Estuvo en los registros sobrios: la prensa argentina aceptó la derrota sin excusas arbitrales, algo poco habitual en el ecosistema mediático del fútbol, y DW, sin vínculo emocional con los finalistas, documentó a la vez la superioridad española y la dignidad del subcampeón. Fueron las voces que no necesitaban demostrar nada las que mejor contaron la final.
Pasadas las semanas, el ruido de los superlativos se disuelve. Queda un campeón legítimo, una final digna y una lección para el periodismo deportivo: la victoria no necesitaba ser histórica para ser grande. Bastaba con contarla bien.
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